jueves, 3 de julio de 2008

La depresión del guionista de fondo

La primera vez que recuerdo crear una historia, fue en mi cama. Yo dormía de cara a la pared, me acostumbré en invierno, cuando mi abuela venía a casa y mi hermano tenía que dormir en la cama de al lado. Él siempre se quedaba leyendo hasta tarde, así que yo para evitar la luz, ponía la cara cerca de la pared. La pared era blanca y gracias a dios, de gotelé.

Me encantaba dormirme mirando aquellas formas extrañas, cada una de su padre y de su madre. Para mí era como ir al Prado todas las noches, no lo entendía, pero me relajaba. Hasta que un día, por fin, tomaron forma. Dejaron de ser simples gotas saliendo de la pared para convertirse en animales, continentes, coches, etc.

Entonces no sé cuando, decidí que cada noche iba a concentrarme solo en una. Iba a mirar esa figura abstracta y pensar en que era, hasta que se me cerraran los ojos. Ahí empencé a contar mis historias, porque aquellas gotas en la pared dejaron de simples figuras quietas, para ser un hombre que camina bajo la lluvia con un maletin y un paraguas roto, que se niega a tirar porque fue un regalo de su tia abuela, que antes de morir le dijo; eras tan distinto del resto, como un paraguas que dejar pasar el agua o para ser aquel sombrero con patas, que caminaba por las noches buscando a su dueño, que perdió en una mañana de viento y lluvía hace treinta años o para ser la rosquilla más perfecta del mundo, tan perfecta que esta guardada en un vitrina en el museo de Brighton, aunque nadie sabe que es una falsificación porque la verdadera rosquilla más perfecta del mundo está siendo azucarada en una casa sin luz del barrio pobre de Buenos Aires.

Todo esto que acabo de contar lo he hecho volviendo a mirar las gotas de la pared de mi cuarto.

Porque este recital, de manchas e historias, porque necesito reafirmarme en que se contar historias. Acabo de ver el montaje definitivo del corto final de Escuela y he estado cinco minutos sentado frente a la pantalla, bordeando la lagrimita. Lo que he visto no tenía nada que ver con lo que yo quería que fuera ese corto y entonces me ha dado por pensar, quizá no deje suficientemente marcado el tono en guión, quizá al personaje principal le di demasiada fuerza, tanta que se ha comido al actor, quizá debería haber hecho otra cosa, quizá debería dedicarme a otra cosa... Y entonces he tenido un momento lucido y me he dicho, porque empezaste a contar historias, para saber que había detras de las manchas de tu pared. Ahora es lo mismo, solo que la pared es mucho más grande.

Siento el mal rollo, pero tengo una depresión total y más esperando la llamada de mi coguionista. Espero no crear otro post de mal rollo entre ecamianos.



P.D: Ya he vuelto a Madrid, que la verdad para las noticias que me están dando, me podía haber quedado en las gargantas de la Vera todo el verano.

2 comentarios:

Mariana dijo...

Pues no sabes lo que me alegro de que un día hace tanto tiempo el pintor de tu casa se decidiera por el gotelé, y no por la pintura lisa normal. Quién sabe donde estarías ahora mismo, tal vez en un bufete de abogados trajeados charlando sobre índices bursátiles.

O, si tu pintor hubiera decido estampar bellas estampas floridas, tal vez estuvieras ahora mismo en una ultra moderna agencia de publicidad, de esas que hacen anuncios como rosquillas (sin azúcar) y conviven tan estresados que mueren jóvenes.

No sé si se nota, pero llevo días pensando en la teoría esta de "qué hubiera pasado si no hubiera hecho tal", y me divierte el tema. Así que celebro tu gotelé, como celebro de la misma manera que un día Molinero, cuando estaba en cuarto de matemáticas, le escribiera a Enrique Páez (porque si no, yo ahora mismo no viviría en Cañizares y toooodo lo que implica, incluido haber currado contigo en este guión). Dejo enlace para curiosos:

Las secuelas del taller (Enrique Páez)

Así que compañero, miremos para adelante, la cantidad de historias que nos quedan por escribir. Y la cantidad de gotelé que nos queda por mirar.

¡Ña!

Anónimo dijo...

¡Ánimo, y a por el siguiente!